Dicen que ha muerto Ángel González.
Cuando me anunciaron el deceso, dejé de escribir y busqué un libro de poemas entre mis libros preferidos. Leí dos versos, sonreí aliviado. Mi padre me preguntó: “A cuántos mataste hoy”. Yo aún sonreía, aliviado pero mustio no obstante. Le recordé: “Ya sabes que en esta novela no mato a nadie”. “Qué raro. En otras matabas mucho”. “Menos que la vida”. “Eso sí”.
Mi padre pasó hambre y más hambre en la posguerra, cuando en las aldeas mineras sólo las pulgas y los piojos no la sufrían. Le falta la pierna derecha a mi padre; a los diecisiete años pisó una bomba de mano dormida entre la maleza desde la contienda civil y lo alcanzó el pasado. Por eso, por el hambre y la prótesis, teme que haya otro enfrentamiento armado que nadie gana nunca, que pierde el hombre y más aún la mujer.
“A los libros”, me pedía, y luego se interesaba: “Qué aprendiste hoy”. Mi padre sabía algo fundamental: los libros que él despreció en la adolescencia pueden dar de comer al cuerpo y al espíritu sin que uno tenga que mancharse las manos. Le muestro las mías, ensangrentadas. “Bah, sangre ficticia, chaval”. Mi vocabulario contamina el suyo si le gustan mis palabras.
Hablo mucho con mi padre; le hablo de que sería maravilloso que el Dios que anhelo tuviera piedad de nosotros, de los niños siquiera; de cómo en esos paraísos que loan los poetas sólo pueden vivir los que no lo son; de cosas así. Él calla a veces. Creo que está orgulloso de no entenderme en ocasiones.
Sí, dicen que ha muerto Ángel González, pero también dicen que, cinco meses antes, murió mi padre.
Los malentendidos de Sara
Cuando Julito salió de mamá no tenía nombre fijo. Mamá decía que Julio era nombre de mes, y papá que menuda tontería. Se quedó en Julito, ya que papá dijo a mamá que yo me llamaba Sara porque ella había querido, y que ahora le tocaba elegir el nombre a él.
Paula, la criada, me sujeta por el brazo, como si me fuera a escapar, y no cesa de repetir: “¡Jesús, Jesús!”. Papá dice a mamá que ella trabaja para pagar a Paula, y mamá se enfada muchísimo y lo acusa de no sé qué, y ya están discutiendo nuevamente.
Los padres de Anita, mi amiga, dicen que nosotros vivimos bien, que así cualquiera, que tenemos de todo. Sin embargo, papá se lamenta en ocasiones: “Esto no es vivir, abogada. Tienes un genio de mil demonios”. Papá no llama a mamá por su nombre casi nunca.
Papá y mamá trabajan con personas tristes.
Mamá me llevó a su oficina una vez. Su despacho no es tan grande como el de papá, pero tiene una ventana por la que entra la luz del sol. Mamá trabaja porque hay mucha gente que no tiene trabajo. Los hombres y las mujeres estaban en filas, y tenían las caras tristes. Los hombres no llevaban corbata, como papá; bueno, uno sí, pero no tenía un maletín tan bonito como el suyo. Uno de ellos saludó a mamá. Dijo: “Buenos días, doña Concha”. Entonces pude ver que le faltaban los dientes y que era casi tan viejo como la abuela. Después pregunté a mamá por qué no buscaba un trabajo para el hombre sin dientes, y mamá me respondió que no podía hacer milagros.
Yo quiero ser igual que papá. Él sí puede hacer milagros, porque quita el dolor a la gente. Una vez se lo dije, y me contestó que bueno, que sí, que era muy lista y observadora para mi edad, que aprendería con el tiempo todo lo que él sabía, a quitar los dolores a la gente. Mamá dijo: “Sí, y a muchos se los quita para siempre”. Ella se echó a reír, y él se enfadó. Yo no comprendí por qué se enfadó papá; tenía que haberse sentido satisfecho de que mamá le diera la razón por una vez. Papá, en el hospital, se pone una bata muy blanca, y en un plástico que lleva colgado sobre el pecho trae una cruz, del color de la sangre, y debajo está escrito: "Dr. De Andrés". Su despacho no tiene ventana, pero en él hay un sillón muy grande. Entran muchas enfermeras con batas blancas, como las medias, igual que las paredes y la luz del techo. La primera vez que estuve en el hospital, porque mamá tenía algo que hacer, una enfermera muy simpática le preguntó a papá si yo era su hija, y él respondió que al menos lo era de su mujer, o sea, de mamá; y no sé por qué se pusieron a reír, si es verdad. Yo también salí de mamá, como Julito, lo que pasa es que a la vez soy hija de papá porque los dos están casados, y eso significa que lo que es de uno también es del otro hasta que la muerte o la vida los separe, me parece que me dijo una vez papá. Él me explica todo lo que le pregunto, pero casi nunca entiendo lo que me dice porque emplea palabras muy raras. Mamá, tal vez por los gritos que da a veces la abuela, no me contesta como él, y se pone a hablar de otras cosas para disimular, pero yo me doy cuenta. Ella dice: “Ya te lo enseñarán en la escuela”. Otra vez, aunque no me dejan andar por allí dentro, fui hasta un pasillo, y había una mujer sentada en una silla con ruedas, y un hombre echado en una cama pequeñita y muy alta que tenía también ruedecitas. El señor me miró muy triste, el pobre, y yo le pregunté qué le dolía. Me parece que sonrió, y me parece que me dijo: “Todo”. Yo le iba a decir que papá lo curaría, pero no me atreví porque no sabía si papá podría con tanto dolor. Después la señora me dijo que a ella le dolía el alma, no el cuerpo, y tampoco supe si papá entendía de almas. Iba a decirles que entonces igual se morían para siempre cuando llegó mamá y me sacó de allí y se enfadó mucho conmigo, y no me dejaron volver.
Papá tiene un maletín muy bonito, lleno de instrumentos parecidos a las cucharas y tenedores y cuchillos de mamá pero más pequeñitos y brillantes. Una vez papá me dijo cómo se llamaba cada uno, pero ya no me acuerdo. Había uno que te lo ponías en las orejas y oías el corazón. Pero el que más me gustó fue otro que era como un cuchillo pequeño. Papá no me dejó tocarlo; me dijo que cortaba muchísimo, que bastaba con un esfuerzo pequeñito y ya estaba, que había que tener cuidado porque igual te cortabas sin querer, y entonces le dije que si era por eso por lo que no se usaba para cortar el pan o la comida, y él me explicó para qué servía realmente.
La abuela anda por la casa como si le pasara algo. Ella lo que repite es: “Ya lo decía yo”. Acaba de abrir la puerta. Apunta con el bastón hacia Paula y sé lo que va a decir. Lo ha dicho: “Ya lo decía yo”. Le digo a Paula que no llore, que la abuela está estropeada por la edad, pero Paula como si nada. Sigue y sigue llorando, la muy tonta, como si no hubiera oído decir muchas veces a papá que la abuela está estropeada por la edad. Mamá asegura que papá dice eso porque es su suegra, y no su madre. Menudo lío.
Antes de que Julito naciera, papá le quitó a mamá un dolor muy grande que ella debía tener dentro. A lo mejor empleó el cuchillito. Lo sé porque me desperté y tenía sed. Me levanté y entonces los oí. La puerta de su habitación estaba medio abierta, y mamá decía: “¡Ya, ya!”. Y papá decía: “¡Aguanta un poco más, abogada, un poco más!”. Mamá lanzó un gritito y se quedó en silencio. Después oí que ya se reía, y pensé: “Curada”.
Sí, yo quiero ser igual que papá. Un día trajeron a Pancracio porque se había caído del columpio. El vecino de Anita es bastante tonto. Nosotras le llamamos Pan, y nos reímos de él. Pero ese día, como sangraba por la cabeza, no me reí de él. Papá lo atendió en seguida. Pan se tocó la venda que papá le colocó sobre la herida en la frente, y como ya se reía con las bromas, pensé: “Curado”.
Si Julito se llamara Pancracio, tal vez mamá tuviera razón para quejarse. Pero se llama igual que papá, no Pan, y nadie gasta bromas con el nombre de Julio, aunque sea nombre de mes. Solamente dicen don Julio, y eso no es una burla, porque la gente se pone muy seria al llamarlo así.
Lo malo de Julito es que nació viejo, el pobre.
La abuela dice que no debían contarme ciertas cosas. Se lo dice a mamá, porque sabe que papá ya no la escucha. Una vez vi a mamá desnuda del todo. Le pregunté por qué tenía tantos pelitos entre las piernas, y yo no. Mamá se cubrió con la bata y me dijo que ya me saldrían con los años. También le pregunté por qué tenía dos bultos en el pecho tan grandes, y yo no, y me contestó lo mismo. O sea, a los viejos les salen pelitos entre las piernas y bultos. Cuando llegó papá, le dije que tenía que curar a mamá antes de que fuera demasiado tarde, como debe suceder con la abuela, que tenía que quitarle aquellos pelitos y aquellos bultos. Él se echó a reír, y después me habló de muchas cosas raras; de tantas, que no entendí ninguna. Me enseñó una foto de cuando yo nací. Me dijo: “¿Ves? Entonces no tenías pelo en la cabeza, y ahora sí. Es algo natural”. Quedamos en que me lo explicaría mejor otro día, pero no hubo más días para eso porque le pregunté a la abuela si ella tenía pelitos entre las piernas y bultos en el pecho y entonces le dio como un ataque de nervios y mamá, al enterarse, me gritó: “¡Ya está bien, Sara! Les preguntas a los maestros, ¿me oyes?”. Y ahí se acabó lo de las preguntas porque papá se enfadó también y me dijo: “Ya te lo explicarán los maestros, que para eso les pagan”. Pero Julito, nada más nacer, ya tenía muchos pelos en la cabeza, y un bulto muy grande y muy raro entre las piernas. Debió salir de mamá algo viejo. Al principio tenía también otro bultito en el vientre. Pero al poco tiempo pude ver cómo papá se lo arrancaba de un tirón. Papá dijo: “Ya estaba seco”. No comprendo por qué no le quitó también el otro bulto. Porque a Julito le dolía, además de hacerlo viejo. Un día papá se lo dijo a mamá: “Lo tiene irritado. Habrá que cortarle esa piel sobrante”. Me parece que mamá se asustó un poco, pero él continuó diciendo que era una tontería de nada, que se lo hacían a todos los que vivían no sé dónde.
Yo no tengo ningún bultito; sólo tengo hoyitos. Así que me daba pena que Julito fuera más viejo que yo, y que además sufriera por ello. Por eso, el otro día, cuando Paula se fue a otro cuarto a limpiar, destapé a Julito y probé a quitarle el bulto de un tirón, como había hecho papá con el otro. Pero nada. Sólo conseguí que Julito se pusiera a llorar de repente. Pensé en cómo quitárselo, y entonces me acordé del cuchillito de papá. No dije nada a nadie, para que no se enfadaran conmigo. Hoy sí que todo fue bien, por eso no entiendo lo que le pasa a la abuela, ni a Paula, que sigue llorando.
Ya no se oye la sirena de la ambulancia que se llevó a Julito, y tengo las manos bien limpias otra vez. Mamá llegará en seguida; la madre de Anita, al oír los gritos de Paula y la abuela, subió a toda prisa y la llamó por teléfono a la oficina. A ver si ella, o papá, cuando termine de curar a Julito, me explican qué es lo que sucede de verdad.
Paula, la criada, me sujeta por el brazo, como si me fuera a escapar, y no cesa de repetir: “¡Jesús, Jesús!”. Papá dice a mamá que ella trabaja para pagar a Paula, y mamá se enfada muchísimo y lo acusa de no sé qué, y ya están discutiendo nuevamente.
Los padres de Anita, mi amiga, dicen que nosotros vivimos bien, que así cualquiera, que tenemos de todo. Sin embargo, papá se lamenta en ocasiones: “Esto no es vivir, abogada. Tienes un genio de mil demonios”. Papá no llama a mamá por su nombre casi nunca.
Papá y mamá trabajan con personas tristes.
Mamá me llevó a su oficina una vez. Su despacho no es tan grande como el de papá, pero tiene una ventana por la que entra la luz del sol. Mamá trabaja porque hay mucha gente que no tiene trabajo. Los hombres y las mujeres estaban en filas, y tenían las caras tristes. Los hombres no llevaban corbata, como papá; bueno, uno sí, pero no tenía un maletín tan bonito como el suyo. Uno de ellos saludó a mamá. Dijo: “Buenos días, doña Concha”. Entonces pude ver que le faltaban los dientes y que era casi tan viejo como la abuela. Después pregunté a mamá por qué no buscaba un trabajo para el hombre sin dientes, y mamá me respondió que no podía hacer milagros.
Yo quiero ser igual que papá. Él sí puede hacer milagros, porque quita el dolor a la gente. Una vez se lo dije, y me contestó que bueno, que sí, que era muy lista y observadora para mi edad, que aprendería con el tiempo todo lo que él sabía, a quitar los dolores a la gente. Mamá dijo: “Sí, y a muchos se los quita para siempre”. Ella se echó a reír, y él se enfadó. Yo no comprendí por qué se enfadó papá; tenía que haberse sentido satisfecho de que mamá le diera la razón por una vez. Papá, en el hospital, se pone una bata muy blanca, y en un plástico que lleva colgado sobre el pecho trae una cruz, del color de la sangre, y debajo está escrito: "Dr. De Andrés". Su despacho no tiene ventana, pero en él hay un sillón muy grande. Entran muchas enfermeras con batas blancas, como las medias, igual que las paredes y la luz del techo. La primera vez que estuve en el hospital, porque mamá tenía algo que hacer, una enfermera muy simpática le preguntó a papá si yo era su hija, y él respondió que al menos lo era de su mujer, o sea, de mamá; y no sé por qué se pusieron a reír, si es verdad. Yo también salí de mamá, como Julito, lo que pasa es que a la vez soy hija de papá porque los dos están casados, y eso significa que lo que es de uno también es del otro hasta que la muerte o la vida los separe, me parece que me dijo una vez papá. Él me explica todo lo que le pregunto, pero casi nunca entiendo lo que me dice porque emplea palabras muy raras. Mamá, tal vez por los gritos que da a veces la abuela, no me contesta como él, y se pone a hablar de otras cosas para disimular, pero yo me doy cuenta. Ella dice: “Ya te lo enseñarán en la escuela”. Otra vez, aunque no me dejan andar por allí dentro, fui hasta un pasillo, y había una mujer sentada en una silla con ruedas, y un hombre echado en una cama pequeñita y muy alta que tenía también ruedecitas. El señor me miró muy triste, el pobre, y yo le pregunté qué le dolía. Me parece que sonrió, y me parece que me dijo: “Todo”. Yo le iba a decir que papá lo curaría, pero no me atreví porque no sabía si papá podría con tanto dolor. Después la señora me dijo que a ella le dolía el alma, no el cuerpo, y tampoco supe si papá entendía de almas. Iba a decirles que entonces igual se morían para siempre cuando llegó mamá y me sacó de allí y se enfadó mucho conmigo, y no me dejaron volver.
Papá tiene un maletín muy bonito, lleno de instrumentos parecidos a las cucharas y tenedores y cuchillos de mamá pero más pequeñitos y brillantes. Una vez papá me dijo cómo se llamaba cada uno, pero ya no me acuerdo. Había uno que te lo ponías en las orejas y oías el corazón. Pero el que más me gustó fue otro que era como un cuchillo pequeño. Papá no me dejó tocarlo; me dijo que cortaba muchísimo, que bastaba con un esfuerzo pequeñito y ya estaba, que había que tener cuidado porque igual te cortabas sin querer, y entonces le dije que si era por eso por lo que no se usaba para cortar el pan o la comida, y él me explicó para qué servía realmente.
La abuela anda por la casa como si le pasara algo. Ella lo que repite es: “Ya lo decía yo”. Acaba de abrir la puerta. Apunta con el bastón hacia Paula y sé lo que va a decir. Lo ha dicho: “Ya lo decía yo”. Le digo a Paula que no llore, que la abuela está estropeada por la edad, pero Paula como si nada. Sigue y sigue llorando, la muy tonta, como si no hubiera oído decir muchas veces a papá que la abuela está estropeada por la edad. Mamá asegura que papá dice eso porque es su suegra, y no su madre. Menudo lío.
Antes de que Julito naciera, papá le quitó a mamá un dolor muy grande que ella debía tener dentro. A lo mejor empleó el cuchillito. Lo sé porque me desperté y tenía sed. Me levanté y entonces los oí. La puerta de su habitación estaba medio abierta, y mamá decía: “¡Ya, ya!”. Y papá decía: “¡Aguanta un poco más, abogada, un poco más!”. Mamá lanzó un gritito y se quedó en silencio. Después oí que ya se reía, y pensé: “Curada”.
Sí, yo quiero ser igual que papá. Un día trajeron a Pancracio porque se había caído del columpio. El vecino de Anita es bastante tonto. Nosotras le llamamos Pan, y nos reímos de él. Pero ese día, como sangraba por la cabeza, no me reí de él. Papá lo atendió en seguida. Pan se tocó la venda que papá le colocó sobre la herida en la frente, y como ya se reía con las bromas, pensé: “Curado”.
Si Julito se llamara Pancracio, tal vez mamá tuviera razón para quejarse. Pero se llama igual que papá, no Pan, y nadie gasta bromas con el nombre de Julio, aunque sea nombre de mes. Solamente dicen don Julio, y eso no es una burla, porque la gente se pone muy seria al llamarlo así.
Lo malo de Julito es que nació viejo, el pobre.
La abuela dice que no debían contarme ciertas cosas. Se lo dice a mamá, porque sabe que papá ya no la escucha. Una vez vi a mamá desnuda del todo. Le pregunté por qué tenía tantos pelitos entre las piernas, y yo no. Mamá se cubrió con la bata y me dijo que ya me saldrían con los años. También le pregunté por qué tenía dos bultos en el pecho tan grandes, y yo no, y me contestó lo mismo. O sea, a los viejos les salen pelitos entre las piernas y bultos. Cuando llegó papá, le dije que tenía que curar a mamá antes de que fuera demasiado tarde, como debe suceder con la abuela, que tenía que quitarle aquellos pelitos y aquellos bultos. Él se echó a reír, y después me habló de muchas cosas raras; de tantas, que no entendí ninguna. Me enseñó una foto de cuando yo nací. Me dijo: “¿Ves? Entonces no tenías pelo en la cabeza, y ahora sí. Es algo natural”. Quedamos en que me lo explicaría mejor otro día, pero no hubo más días para eso porque le pregunté a la abuela si ella tenía pelitos entre las piernas y bultos en el pecho y entonces le dio como un ataque de nervios y mamá, al enterarse, me gritó: “¡Ya está bien, Sara! Les preguntas a los maestros, ¿me oyes?”. Y ahí se acabó lo de las preguntas porque papá se enfadó también y me dijo: “Ya te lo explicarán los maestros, que para eso les pagan”. Pero Julito, nada más nacer, ya tenía muchos pelos en la cabeza, y un bulto muy grande y muy raro entre las piernas. Debió salir de mamá algo viejo. Al principio tenía también otro bultito en el vientre. Pero al poco tiempo pude ver cómo papá se lo arrancaba de un tirón. Papá dijo: “Ya estaba seco”. No comprendo por qué no le quitó también el otro bulto. Porque a Julito le dolía, además de hacerlo viejo. Un día papá se lo dijo a mamá: “Lo tiene irritado. Habrá que cortarle esa piel sobrante”. Me parece que mamá se asustó un poco, pero él continuó diciendo que era una tontería de nada, que se lo hacían a todos los que vivían no sé dónde.
Yo no tengo ningún bultito; sólo tengo hoyitos. Así que me daba pena que Julito fuera más viejo que yo, y que además sufriera por ello. Por eso, el otro día, cuando Paula se fue a otro cuarto a limpiar, destapé a Julito y probé a quitarle el bulto de un tirón, como había hecho papá con el otro. Pero nada. Sólo conseguí que Julito se pusiera a llorar de repente. Pensé en cómo quitárselo, y entonces me acordé del cuchillito de papá. No dije nada a nadie, para que no se enfadaran conmigo. Hoy sí que todo fue bien, por eso no entiendo lo que le pasa a la abuela, ni a Paula, que sigue llorando.
Ya no se oye la sirena de la ambulancia que se llevó a Julito, y tengo las manos bien limpias otra vez. Mamá llegará en seguida; la madre de Anita, al oír los gritos de Paula y la abuela, subió a toda prisa y la llamó por teléfono a la oficina. A ver si ella, o papá, cuando termine de curar a Julito, me explican qué es lo que sucede de verdad.
Versos heridos
En días del ayer escribí estos versos heridos:
“Sentir el ocaso”
Llueve sobre el ocaso,
huye el día con premura de homicida
mientras algo duerme y algo clama
en el interior de las almas.
Duerme lo saciado,
lo hambriento clama.
En lo alto un cielo de nubes grávidas,
abajo la tierra y las almas
y una luz que ya sólo es sombra de lo que fue
y de lo que será mañana,
cuando de nuevo intentemos permanecer
puros y nítidos
pese a que nada hay más absorbente que el vacío
ni más convincente que el pecado.
El eco del día es la palabra de la noche
y, entre soñolencias y clamores,
sentimos el ocaso
y la lluvia que no cesa
y el absurdo de nuestras almas
si únicamente la vida se trata
de un más o menos ser y porfiar
entre un llegar azaroso
y un partir anunciado
para que el tiempo exista,
el tiempo y el misterio y lo eterno todo.
“Entonces”
Cuando rotas mis carnes se libere
el perro atroz que llevo dentro
y me libere,
esparcidos ya mis huesos inconformes,
ya calcinado el papel de mis batallas...
Cuando el río de mi sangre se ahogue
en el mar postrero para siempre,
alcanzada alguna orilla etérea,
náufrago en alguna isla del tiempo...
Y cuando en la senda de los pasos solitarios
no se lamente mi voz
por no hallar a quien decir
esas palabras de amor que se dicen
y que acaso sin saberlo persiguen
otra idea de un cosmos
tan dictatorial y poderoso
como el interno.
“Sentir el ocaso”
Llueve sobre el ocaso,
huye el día con premura de homicida
mientras algo duerme y algo clama
en el interior de las almas.
Duerme lo saciado,
lo hambriento clama.
En lo alto un cielo de nubes grávidas,
abajo la tierra y las almas
y una luz que ya sólo es sombra de lo que fue
y de lo que será mañana,
cuando de nuevo intentemos permanecer
puros y nítidos
pese a que nada hay más absorbente que el vacío
ni más convincente que el pecado.
El eco del día es la palabra de la noche
y, entre soñolencias y clamores,
sentimos el ocaso
y la lluvia que no cesa
y el absurdo de nuestras almas
si únicamente la vida se trata
de un más o menos ser y porfiar
entre un llegar azaroso
y un partir anunciado
para que el tiempo exista,
el tiempo y el misterio y lo eterno todo.
“Entonces”
Cuando rotas mis carnes se libere
el perro atroz que llevo dentro
y me libere,
esparcidos ya mis huesos inconformes,
ya calcinado el papel de mis batallas...
Cuando el río de mi sangre se ahogue
en el mar postrero para siempre,
alcanzada alguna orilla etérea,
náufrago en alguna isla del tiempo...
Y cuando en la senda de los pasos solitarios
no se lamente mi voz
por no hallar a quien decir
esas palabras de amor que se dicen
y que acaso sin saberlo persiguen
otra idea de un cosmos
tan dictatorial y poderoso
como el interno.
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